LA MUERTE DE LO POLÍTICAMENTE CORRECTO

LA MUERTE DE LO POLÍTICAMENTE CORRECTO

La OMS opinó, en forma “políticamente correcta”, que no era necesario cerrar las fronteras, ni era necesario impedir la libre movilidad de las personas, para tener que aceptar, a pocos meses, que la cruda realidad de la expansión mundial de la enfermedad los dejara en entredicho.

 CRONICA – ACTUALIDAD 

(Por Iñigo H. Medrano Correa) El término “políticamente correcto”, se utiliza para describir el lenguaje, las medidas o las políticas destinadas a evitar ofender o poner en desventaja a personas o grupos particulares de la sociedad.

En situaciones normales, ser “políticamente correcto” parece ser inofensivo y hasta necesario, sin embargo, esto ha derivado en un discurso de instituciones políticas, religiosas y de los medios de comunicación, que para el ciudadano común parecen excesivas y enfrentan a la sociedad a grandes riesgos, que serían fácilmente gestionables si se abandona la “corrección política” y se hace lo que el sentido común nos dice que se debe hacer.

Un buen ejemplo de esto es lo que ha ocurrido con la pandemia provocada por el coronavirus SARS COV 2, que ha enfermado, a la fecha, a cerca de diez millones de personas en el mundo y causado cerca de quinientas mil víctimas fatales.

China, que enfrentó en primera instancia la pandemia, no dudó en, literalmente, encerrar en sus casas a 11 millones de personas con el objetivo declarado de eliminar las cadenas de contagios, por ende, el virus. Como medida adicional a esa, cerraron las fronteras del territorio afectado e impidieron el libre tránsito de las personas entre dicho territorio y el resto del país y del mundo. Esta decisión la tomaron, se entiende, debido a la gravedad de la enfermedad y el creciente número de contagios y muerte de ciudadanos.

Nueva Zelanda, a donde la pandemia llegó varios meses después,  hizo lo mismo, con el apoyo de sus ciudadanos, en pos de eliminar el virus y no sólo ralentizar su transmisión, cerró sus fronteras y confinó a las personas en sus casas hasta que el virus desapareció.

La OMS por su parte, opinó, en forma “políticamente correcta”, que no era necesario cerrar las fronteras, ni era necesario impedir la libre movilidad de las personas, para tener que aceptar, a pocos meses, que la cruda realidad de la expansión mundial de la enfermedad los dejara en entredicho. No sólo eso, además, han sido mudos testigos de las medidas de cierre de fronteras y confinamiento de la población, que han debido tomar los países para evitar la muerte de gran número de sus habitantes debido al colapso sin precedentes de sus sistemas sanitarios.

Hemos sido testigos de cómo se saldaron ambas estrategias: a decir de la propia OMS, el resultado de la política aplicada en China fue de 83.642 casos confirmados y 4.634 muertos. Por su parte, en Nueva Zelanda hubo 1.170 casos confirmados y 22 muertos.   

En algunos países, que siguieron la estrategia políticamente correcta de la OMS, estrategia que también apoyaban sus gobiernos, los contagiados y muertos se han contado por miles y la pandemia dejó a su paso un reguero de muertes y daños económicos inconmensurables aún. Así, España, Reino Unido, Italia, Francia, sólo por nombrar algunos ejemplos, mantuvieron sus fronteras abiertas y la libre circulación de personas, hasta que la cruda realidad, los miles de muertos y el colapso de sus sistemas sanitarios los obligaron a confinar a la población y a cerrar sus fronteras. Tuvieron que aplicar la probada receta china, a pesar de que sus gobiernos habían renegado de ella, por considerar imposible su aplicación en las democracias occidentales.

Hasta ahora, sin vacuna y sin tratamiento, la pandemia nos empuja hacia el abandono obligado de lo “políticamente correcto” tal como lo conocemos hasta ahora. Urge la aplicación de una nueva política, esta vez sí correcta, consistente en proteger la vida de las ciudadanos, más allá de consideraciones políticas fundadas en tal o cual ideología.

Imaginemos por un momento que el mundo entero se hubiera confinado por algunas semanas, una confinación real y efectiva, en que los gobiernos se hubiesen hecho cargo de las necesidades de sus ciudadanos.

En tal caso, podemos estar ciertos que la pandemia habría pasado a la historia.

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