LAS  7 HISTORIAS DE LOS TRABAJADORES DE LA SALUD QUE MURIERON A CAUSA DEL COVID-19

LAS  7 HISTORIAS DE LOS TRABAJADORES DE LA SALUD QUE MURIERON A CAUSA DEL COVID-19

Pese a que todas las historias son diferentes, muchas tienen en común la falta de implementos de seguridad y la imposibilidad de dejar sus puestos de trabajo ante las dificultades laborales de sus familias.

 NACIONAL (IN EXTENSO, 7 PAGS.)

Desde la llegada del COVID-19 a nuestro país, más de 5 mil personas han muerto de la enfermedad, una realidad que ha golpeado con fuerza a cientos de familias, y que por cierto, ha afectado de lleno a los trabajadores de la salud, entre los que se cuentan 23 fallecidos y 360 mil infectados, según reveló el Ministerio de Salud a El DÍNAMO.

De ellos, cinco eran médicos y el resto se desempeñaba como técnicos en enfermería, paramédicos, guardias, conductores de ambulancias o personal administrativo.

Números que para la presidenta de la Confederación Nacional de Funcionarias y Funcionarios de la Salud Municipal (Confusam), Gabriela Flores, no son casualidad, y se relacionan con que los trabajadores no siempre cuentan con la protección adecuada. O simplemente, sus muertes se enlazan con los que por temas económicos no pudieron guardar cuarentena.

“Las medidas de protección han sido subvaloradas por las autoridades, se pensó que bastaba y sobraba con que un conductor, por ejemplo, usara una mascarilla quirúrgica básica y nada más”, evidenció Flores, quien pide que el Ministerio de Salud incorpore más medidas de seguridad en la circular 37 que ordena su cumplimiento a todos los trabajadores del rubro en Chile.

Así, por ejemplo, desde la Confusam piden para todos pecheras plásticas, mascarillas N°95, escudos faciales y alcohol gel en cada sala de atención, principalmente en la atención primaria.

Amigos y familiares cuentan sus historias

Pese al dolor que significa perder a un ser querido, siete familiares y amigos de los trabajadores fallecidos relataron a EL DÍNAMO quiénes fueron, sus miedos, gustos y qué los hizo tan especiales. Así como también, las lecciones que sus casos dejaron en los centros médicos del país.

LORENA DURAN, la primera trabajadora de la salud fallecida

Como toda historia, esta también tiene un inicio. Era el 29 de abril, y en conferencia de prensa, las autoridades del Ministerio de Salud alertaron del fallecimiento de la primera funcionaria del rubro que murió a causa del COVID-19.

Se trata de Lorena Durán Herrera (42), quien según familiares era “muy extrovertida, sociable, solidaria y muy comprometida con cualquier tarea que realizaba”. La mujer se dedicaba a la atención primaria en Lastarria, en la comuna de Gorbea, en la Región de La Araucanía.

Lorena enfrentó una larga agonía mientras estuvo internada en el Hospital Hernán Henríquez Aravena de Temuco, hasta donde llegó el 21 de marzo y permaneció por 39 días en la Unidad de Cuidados Intensivos hasta su deceso.

Gladys Herrera, tía de Lorena, recordó el impacto que provocó en la comunidad la situación de su sobrina, expresando que “fue muy emocionante ver que tanta gente nos acompañó y empatizó con su caso, especialmente, las personas que no la conocieron, pero no me pareció extraño que las personas de Gorbea y Lastarria participaran en cadenas de oración y acompañaran a la familia porque era algo que, sin duda, ella hubiera hecho y porque era muy conocida por su forma de ser alegre y siempre con una sonrisa”.

Gabriel Contreras, esposo de Lorena, pasó un mes en cuarentena, luego que diera positivo dos veces en los exámenes PCR, y estaba cumpliendo su segunda cuarentena al momento del fallecimiento. “Él no pudo ir a retirar el cuerpo a la morgue ni hacer los trámites correspondientes. Fue al funeral, pero no se pudo acercar y solo le permitieron mirar de lejos”, evitando incluso que pudiera acompañar a sus dos hijas, relata la tía de Lorena.

Consultada sobre los protocolos de salud al momento de despedir a Lorena, Gladys Herrera detalló que “solo pudieron entrar 20 personas de la familia directa”.

Junto con ello, envió un mensaje a las autoridades de salud: “No queremos mártires, queremos que cuiden a esta gente valiosa que está en la primera línea del cuidado de lo más importante que tenemos, que es nuestra vida”.

JUVENAL CAMPOS, el incansable guardia de San Ramón.

Juvenal Campos Moreno (69) se desempeñaba hace tres años y siete meses como guardia del CESFAM Gabriela Mistral de San Ramón. A pesar de estar en el umbral de la población de riesgo, no quiso dejar de asistir a su trabajo para apoyar a sus compañeros de labores y personal médico.

“Don Juvenal siempre demostró compromiso con su trabajo, apoyando al establecimiento, y como su turno era de noche, siempre estuvo a disposición de realizar sus turnos por no dejar solo a su compañero de rondas. Además, era horario de SAPU hasta las 11 horas, y su turno iniciaba a las 20 horas, con su compañero se turnaban para exponerse lo menos posible ante la asistencia de los usuarios”, relató a EL DÍNAMO Jorge Palma Bernal, director del CESFAM Gabriela Mistral.

Palma destaca a Juvenal como “un hombre serio, de pocas palabras, muy amable, cooperador y demasiado trabajador, nunca falló a un turno, siempre disponible y muy puntual”, agregando que en el centro asistencial guardan “los mejores recuerdos de nuestro querido Juvenal”.

Respecto a los protocolos de seguridad sanitaria para resguardar la salud de los funcionarios del consultorio, Palma explicó que “los protocolos siempre han sido claros y estrictos por las características de contagio de este virus”.

“Se entregan los elementos de protección necesarios a todos los funcionarios de nuestro centro, no obstante, lo difícil, es concientizar a los funcionarios sobre el uso de los elementos de protección y prevención fuera del lugar de trabajo, que sea algo inserto en nuestro día a día, y en eso contexto, se reforzó la capacitación e importancia del lavado de manos, uso de mascarilla y distanciamiento social, para que fuera replicado por cada uno de los funcionarios fuera del establecimiento”, argumentó.

 

IRMA CARMONA, la muerte que enlutó a Melipilla

El 10 de junio, la dirección del Hospital San José de Melipilla dio a conocer el lamentable fallecimiento de Irma Carmona (49), técnico en enfermería (TENS) del Servicio de Urgencia, quien llevaba 12 años en su labor hasta que el COVID-19 terminó con su vida, casi de forma repentina.

Tras conocerse la noticia, la Municipalidad de Melipilla rindió homenaje a la destacada funcionaria y se decretó duelo comunal para despedirla como se lo merecía, entre aplausos.

Hoy sus amigos y familiares la recuerdan como “una mujer luchadora”, quien pese a no contar con el apoyo de una figura paterna logró criar a dos hijos, uno de ellos incluso estudió para TENS siguiendo su ejemplo, y hasta antes de contraer él también la enfermedad, cuidaba diariamente a su abuela, quien padece de Alzheimer.

Así la recuerda Carlos Ahumada, locutor radial de la Radio Creativa en Melipilla y amigo de toda la vida de Irma, quien lamentó mucho su pérdida.

Pese a que el trabajo en los centros de salud puede ser agotador, Irma Carmona siempre se las arregló para ver a su amigo y confidente. Cada tarde se juntaban a conversar, mientras las hijas de ambos con edades similares jugaban, y ellos compartían una pasión en común: la música.

Fanática de la música latina, Irma le pedía a Carlos las canciones de grupos románticos como Los Temerarios y Los Guardianes del Amor. Sin embargo, con la llegada del COVID-19 todo cambió. Las charlas en persona debieron ser cambiadas por llamadas telefónicas. En ellas, Irma expresó su preocupación por el aumento de personas contagiadas en nuestro país.

“La última vez que hablamos me decía que estaba agotada, que se veía malo el panorama en el Hospital de Melipilla y que se venía venir un aumento de contagios”, contó Ahumada.

Incluso, por esos días, Irma le dijo a su amigo que “temía hasta por su propia vida”; sin embargo, “nunca dejó de trabajar porque le apasionaba, pero también por temas económicos. Las cosas no iban bien en su hogar, el hijo enfermero se dedicaba al cuidado de la madre de mi amiga”.

Sobre los elementos de protección personal, Ahumada dijo que “siempre los usó” y que fueron proporcionados por el mismo centro médico en el que trabajaba su amiga.

MARÍA ACOSTA y su huella en La Cisterna

En el Centro de Salud Familiar Eduardo Frei de La Cisterna muchas cosas han cambiado desde el fallecimiento de María Cecilia Acosta (54) el 30 de mayo. Cerca del mesón de atención que ocupó durante más de 10 años para recibir pacientes hay un altar en su honor que sus propias compañeras de trabajo montaron al enterarse de su muerte.

Acosta sigue presente, no en cuerpo, pero sí en alma. Al menos eso piensa Silvana Lemmermann, otra funcionaria del Cesfam Eduardo Frei y mejor amiga de Acosta. “Ella era mi todo, mi amiga, mi hermana y hasta mi pañuelo de lágrimas”, contó.

Sobre su partida, Lemmermann asegura que se fue apagando de a poco. Al principio sólo sentía un leve dolor en el pecho y síntomas más atribuibles a un resfriado, pero con los días comenzó a sentir dificultades respiratorias. Luego, ni siquiera el inhalador que le entregó su única hija logró que mejorara.

A los días fue trasladada hasta un recinto hospitalario donde sólo estuvo dos días antes de fallecer. El diagnóstico médico fue claro, la infección por el COVID-19 le produjo una neumonía severa, mientras que su obesidad, diabetes, hipertensión y problemas renales, tampoco ayudaron. Pese a que fue conectada a ventilación mecánica, sus pulmones no resistieron.

“La impotencia que tenemos es que ella pudo haber luchado mucho más, se pudo haber hecho más si hubiese dicho antes que tenía problemas respiratorios. O si le hubiésemos llevado hasta su domicilio uno de esos médicos que atienden en las casas (…) mi gordita bella y alegre siempre pensó que el COVID la podía enfermar, pero decía ‘si me voy a morir va a ser haciendo cualquier cosa’”, contó su amiga Silvana.

Sobre cómo se habría contagiado, Lemmermann explicó que debió ocurrir cuando recibió alguna de las cédulas de identidad por parte de los pacientes. Piensa eso porque hasta antes de la muerte de Acosta en el Cesfam de La Cisterna no se tomaban todas las providencias necesarias.

“Pese a que ella tomaba varias precauciones hubo muchas promesas que no se cumplieron en el Cesfam. Al principio nos prometieron muchas cosas como que la ventanilla de atención sería sellada con plástico, o que nos darían cuatro mascarillas para el turno, al final no hicieron lo primero y nos dieron sólo dos mascarillas. Tampoco nos entregaron guantes, porque dijeron que no eran necesarios y que bastaba con un correcto lavado de manos. Cuando murió se comenzaron a tomar todas estas medidas, ese fue el legado que nos dejó”, indicó Silvana.

MARÍA LORETO CORNEJO, la trabajadora que no pudo parar

Otra historia que repercutió fuerte al interior de los funcionarios de la salud, fue la de Maria Loreto Cornejo (59), técnico en enfermería de nivel superior del Hospital San Juan de Dios de la comuna de Santiago, quien murió el 6 de junio a causa del COVID-19 a sólo un año de jubilar.

Jocelyn Llancao, compañera de Cornejo, la define como “una gran persona que siempre acogía muy bien a los nuevos integrantes que llegaban al hospital. Tenía mucha paciencia y se tomaba el tiempo de explicar las cosas una y otra vez. Recuerdo mucho que al inicio de los turnos siempre estaba junto a otras compañeras tomando tecito”.

Una rutina que cambió drásticamente con el COVID-19. Incluso, María Loreto manifestó en varias ocasiones tenerle mucho miedo a la enfermedad. Pero su fe en Dios como evangélica practicante siempre la mantenía con la esperanza de no enfermar aunque tuviera contacto directo con pacientes confirmados.

De acuerdo a Llancao, no se retiró de forma anticipada porque “debía trabajar por su familia, su esposo había quedado sin trabajo, igual los hijos. Era el único sustento del hogar y estaba preocupada de su familia”.

Si bien es imposible atribuir el contagio de María Loreto a algo en específico, en el San Juan de Dios se vuelve a repetir un problema transversal, la falta de elementos de protección personal. Al menos, en un comienzo cuando, según Llancao, “el uso de mascarilla era sólo para entrar a las salas con pacientes positivos de COVID-19”.

Luis Gutiérrez, el alma de la fiesta

El 21 de junio, los trabajadores de la salud lamentaron otro fallecimiento. Se trató de LUIS GUTIÉRREZ (61), conductor de la Dirección de Salud de San Miguel quien falleció debido a una neumonia por COVID19, tras estar hospitalizado en estado de extrema gravedad desde el día 27 de mayo.

El Beto, como lo conocían, trabajaba prácticamente todo el día y cuando no estaba en San Miguel se desempeñaba como conductor de las ambulancias Help. Pese a eso, el tiempo le alcanzaba para compartir con su familia y amigos.

“Mi tío Beto era súper alegre, los eventos familiares siempre se hicieron en su casa. Él era el principal organizador de asados, era el alma de las fiesta en todos lados, el que amenizaba, cantaba y hacía reír”, cuenta su sobrino Pablo Cornejo Gutiérrez.

El sobrino y también trabajador de la atención primaria en San Miguel lamentó que Beto no haya dejado antes sus funciones, ya que “como era trabajador a honorarios, y como él mismo decía, un día trabajado es un día pagado”.

Respecto a cómo habría contraído el COVID-19, Cornejo contó que no pueden atribuirlo a una causa específica, ya que su tío se dedicaba a llevar medicamentos a los pacientes de la tercera edad que no podían salir por ellos, traslados en los que siempre tuvo la precaución de utilizar mascarilla.

ARTURO ROSALES, el chofer de paciente COVID-19

Arturo Rosales (61), quien falleció el 18 de junio, era conductor de ambulancias en el SAR de Conchalí y en su trabajo estuvo expuesto constantemente al virus.

Según cuentan sus compañeros de labores, comenzó a sentir un malestar respiratorio y síntomas compatibles con la infección el día martes 12 de mayo, fecha en que consultó en su mismo centro de salud. Ese fin de semana se sintió aún peor por lo que fue hospitalizado de urgencia en la clínica Vespucio, donde finalmente murió.

El coordinador administrativo de la Red de Urgencia del SAR de Conchalí, Patricio Solis, contó que si bien era un hombre reservado y de pocas palabras tenía una gran pasión: el fútbol.

De hecho, según dijo el mismo Arturo, uno de sus hijos lo practicaba de forma profesional y él asistía a cada uno de sus partidos antes de la llegada del COVID-19.

Respecto a las razones de su contagio, según Solis, Arturo siempre contó con los implementos de protección solicitados por las autoridades sanitarias con los que trabajó sin parar.

“Él, debido a que tenía una enfermedad de base, se pudo haber acogido a la cuarentena preventiva que la dirección instruyó para los trabajadores, pero no quiso y permaneció en su puesto”, concluyó.

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